miércoles, 8 de julio de 2015

Preso de sus recuerdos

Sin embargo esto no era más que tiempo y aunque se había anticipado a los acontecimientos, y estaba a salvo lo que no estaba era a salvo de sus propios recuerdos, del recuerdo del mundo que sabía que ya no existía.

Eran los recuerdos los que llevaban varios días amenazando su cordura, ya que el tiempo que estaba dentro de esas cuatro paredes le llevaban cada vez más a desesperarse a recordar todo lo que había, lo que tenía, lo que existía...

Esos días en los que cogía el coche y se iba a pasar el fin de semana al pueblo de La Cañada, el lugar donde cuando era niño había corrido con la bicicleta, donde se había perdido en el bosque, donde había descubierto la pasión por el subir otra colina y descubrir que es lo que hay detrás, por entender todo lo que había en cada lugar.

El cielo era azul, y a veces en las tardes empezaban a venir las nubes, y corría el aire, y los árboles se movían de lado a lado, como si fueran a partir, y después la fuerza del rayo, la fuerza del tiempo y el trueno que hacía temblar sus entrañas y las ventanas.

Buenos tiempos, cuando la lluvia caía, cuando todo era fácil, cuando la tierra se mojaba y luego olía a tierra mojada, ese olor a naturaleza, la paja húmeda, los paseos y luego esas noches frescas. Allí fue donde encontró a la Vía Lactea, encontró ese camino en el cielo...

Y se preguntaba porqué luego al volver a la ciudad no se veía ni una estrella, ni una luz,  y todo era por la propia luz de la ciudad. La noche y el día, el ya no sabía cuantos días habían pasado, porque no llegaba luz de la calle solo la luz de ese generador que le estaba salvando la vida, que le permitía seguir con esperanza.

Luego despertaba, y estaba de nuevo con su vida, con su familia y en este otro mundo no había pasado nada, nadie sabía nada de todo lo que había pasado...

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