lunes, 14 de septiembre de 2015

La vida ante mis ojos

De nuevo la crudeza del recuerdo de aquellas palabras que acababa de leer me llenaron de lágrimas, la única esperanza del señor Kan, era también la mía y la de supongo la de todos los supervivientes.

Conforme iba encontrando testimonios y diferentes vídeos, mi mente empezaba a hacerse un esquema de cómo había quedado el planeta, de cómo estaban las cosas y de lo poco que había quedado.

Era descorazonador, porque aún recordaba las palabras del señor Antonio, del profesor del colegio que nos daba ciencias naturales y que aún tenía la fe y la esperanza de un mundo mejor, y que nos enseñó la importancia del reciclado y del cada cosa que haces cuenta.

Ese recuerdo que durante tantos años había quedado en el recuerdo, estaba ahora en mis pensamientos cuando empezaba a ver imágenes de satélite de cómo se había desfigurado el mundo, de cómo las ciudades que antes se veían brillar en la noche, ahora no eran más que llamas incontroladas, y cómo en muchos lugares se habían empezado a levantar tremendos volcanes.

Parecía como si la propia Tierra quisiera terminar lo que el hombre había empezado, cómo si ella misma quisiera echar de su propia casa a ese malvado inquilino que la había maltratado durante tantos años, que la había ensuciado, cambiado y marchitado.

Si las bombas no habían terminado con todos los hombres es posible que las lluvias torrenciales, o los huracanes o los volcanes por doquier fueran a terminar con lo poco que quedaba.

En este contexto me empezaba a dar cuenta que por muy protegido que estuviera en mi habitáculo, si la cosa se complicada no serviría de nada.

Mi preocupación aumentaba y mi instinto me decía que tendría que pensar algo para salir.

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