De nuevo la crudeza del recuerdo de aquellas palabras que acababa de leer me llenaron de lágrimas, la única esperanza del señor Kan, era también la mía y la de supongo la de todos los supervivientes.
Conforme iba encontrando testimonios y diferentes vídeos, mi mente empezaba a hacerse un esquema de cómo había quedado el planeta, de cómo estaban las cosas y de lo poco que había quedado.
Era descorazonador, porque aún recordaba las palabras del señor Antonio, del profesor del colegio que nos daba ciencias naturales y que aún tenía la fe y la esperanza de un mundo mejor, y que nos enseñó la importancia del reciclado y del cada cosa que haces cuenta.
Ese recuerdo que durante tantos años había quedado en el recuerdo, estaba ahora en mis pensamientos cuando empezaba a ver imágenes de satélite de cómo se había desfigurado el mundo, de cómo las ciudades que antes se veían brillar en la noche, ahora no eran más que llamas incontroladas, y cómo en muchos lugares se habían empezado a levantar tremendos volcanes.
Parecía como si la propia Tierra quisiera terminar lo que el hombre había empezado, cómo si ella misma quisiera echar de su propia casa a ese malvado inquilino que la había maltratado durante tantos años, que la había ensuciado, cambiado y marchitado.
Si las bombas no habían terminado con todos los hombres es posible que las lluvias torrenciales, o los huracanes o los volcanes por doquier fueran a terminar con lo poco que quedaba.
En este contexto me empezaba a dar cuenta que por muy protegido que estuviera en mi habitáculo, si la cosa se complicada no serviría de nada.
Mi preocupación aumentaba y mi instinto me decía que tendría que pensar algo para salir.
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